top of page

Blog

Hay algo que me da mucha rabia: cuando una persona con discapacidad explica claramente qué no puede sostener, aparentemente se la escucha, pero después se le pide que siga funcionando igual.


Y eso, cuando hablamos de discapacidades invisibles, pasa demasiadas veces.

Hace poco viví una situación en un espacio de acompañamiento laboral. Habíamos hablado de mis dificultades con determinados entornos y actividades al aire libre, y se había reconocido que ese tipo de trabajo no era adecuado para mí.

Hasta ahí, parecía que había comprensión.


Pero después se me dijo que una cosa era descartar trabajos al aire libre a la hora de elegir un puesto de trabajo, y otra dejar de hacer prácticas diarias en ese mismo tipo de entorno.

Para mí eso no tiene ningún sentido.


Si una actividad no es adecuada para mi funcionamiento, no deja de ser inadecuada porque la llamemos “práctica”. Mi sistema nervioso, mi cuerpo y mi agotamiento no diferencian entre “trabajo real” y “actividad no remunerada” cuando lo que estoy haciendo me supera.

Reconocer que una persona tiene una limitación y, al mismo tiempo, pedirle que siga exponiéndose igualmente es una contradicción directa.

No es adaptación. Es mantener la misma exigencia con otro nombre.

También me ha pasado en el ámbito de la ayuda a domicilio. Cuando explico que necesito que ciertas cosas se hagan de una manera concreta, no siempre es por manía, capricho o ganas de controlar. Muchas veces hay un motivo práctico detrás.

Por ejemplo, si yo tiendo la ropa interior de una manera determinada, es porque así gano espacio y no tengo que destender tan a menudo. Eso reduce carga física, mental y sensorial. No es “hacerlo así porque sí”.



También me duele que se pueda interpretar que dejo tareas acumuladas porque no quiero hacerlas o porque espero que otra persona lo haga todo por mí. No es eso.

Yo no tengo la misma energía que otra persona. Me canso antes. Tengo escoliosis. He tenido dolor en los pies hasta tener las plantillas. Y, además, vivir con un sistema nervioso en alerta hace que muchas situaciones cotidianas me consuman mucho más de lo que desde fuera puede parecer.

A veces necesito descansar justo cuando alguien viene a casa. Y no es desinterés. Es necesidad real.


También me pasa que determinadas situaciones me generan una especie de ansiedad difícil de explicar: noto algo, pero no siempre sé identificar exactamente qué es. Puede ser saturación, tensión acumulada, malestar físico, sobrecarga o una mezcla de todo.

Por eso me duele cuando una necesidad acaba leyéndose como comodidad, exigencia o falta de voluntad.


Yo puedo explicar, recordar, ayudar a entender cómo hago las cosas y por qué las hago así. Pero lo que no puedo aceptar es que, por necesitar apoyo, se me coloque automáticamente en el papel de persona que “no hace nada” o que “lo deja todo para los demás”.


El problema de fondo es este: muchas veces las necesidades de una persona autista, TDAH o con una discapacidad invisible se leen como manías, exigencias, poca voluntad o falta de esfuerzo.

Y no lo son.

Son límites reales.


Pedir adaptaciones no es querer mandar sobre los demás. No es querer que el profesional desaparezca como profesional. No es negar que la otra persona también tenga una manera de trabajar.

Pedir adaptaciones es explicar que mi cuerpo y mi sistema nervioso no pueden sostener ciertas cosas de la misma manera.


También me preocupa mucho cuando el mensaje acaba siendo: “la profesional intentará adaptarse, pero tú también tienes que hacer el esfuerzo de adaptarte”.

Esa frase puede parecer equilibrada, pero en personas con discapacidad puede convertirse en una trampa. Porque muchas ya llevamos toda la vida adaptándonos: al ritmo de los demás, a las normas implícitas, a la incomodidad, al dolor, al cansancio, al ruido, a la confusión, a la culpa y a la necesidad de parecer que podemos con más de lo que realmente podemos.


Yo ya no quiero volver a olvidarme de mí para intentar complacer a los demás. Adaptarse no puede significar aguantar hasta romperse.

Una adaptación real no es decir “te entiendo” y después mantener exactamente la misma exigencia. Una adaptación real implica cambiar algo para que esa persona no tenga que pagar con su cuerpo, su salud mental o su dignidad.

Y eso es especialmente importante cuando la discapacidad no se ve. Porque si no se ve, muchas veces parece que no exista. Pero existe: cuando una tarea aparentemente sencilla te deja sin energía para el resto del día, cuando el sistema nervioso vive en alerta, cuando una situación doméstica, laboral o social te genera una ansiedad que ni tú misma sabes siempre identificar, o cuando el cuerpo dice basta antes de que los demás lo entiendan.



Las personas con discapacidad invisible no necesitamos que nos traten como si fuéramos imposibles. Necesitamos que, cuando explicamos un límite, no se nos responda con otra exigencia.

Necesitamos que las adaptaciones no sean solo palabras bonitas. Necesitamos que se nos crea antes de llegar a la crisis.


Hi ha situacions familiars que no fan mal només pel conflicte en si, sinó per tot el que es mou al voltant: els silencis, les justificacions, les versions canviants i la sensació que, de sobte, la realitat deixa d’importar.


Quan una persona manipuladora aconsegueix influir en una família, el dany no sempre és evident des de fora. No sempre hi ha crits, insults directes o escenes molt visibles. De vegades el mal és més subtil: una persona construeix un relat, altres el repeteixen, i al final qui assenyala la incoherència acaba semblant la conflictiva.


Per a una persona autista, això pot ser especialment dur.


No perquè siguem més dèbils. No perquè no entenguem les relacions. Sinó perquè moltes persones autistes necessitem coherència, claredat i una relació lògica entre el que ha passat i el que després es diu que ha passat.


Quan els fets es distorsionen, quan les responsabilitats es mouen de lloc, quan una persona fa mal però aconsegueix que altres la defensen, el nostre cervell pot entrar en un desgast enorme. Perquè no només estem patint la situació: també estem intentant entendre com és possible que altres persones no vegen allò que per a nosaltres és tan evident.


I això trenca molt per dins.


En el meu cas, una de les coses que més mal m’ha fet no ha sigut només la conducta d’una persona concreta, sinó veure com altres persones del seu voltant han anat assumint la seua manera de veure les coses. Veure com es justifica el que fa. Veure com es minimitza el mal. Veure com, al final, qui pateix o posa límits acaba carregant amb una part de la culpa.


I quan això també afecta la persona que estimes, encara fa més mal.


Perquè ja no és només “el que m’està passant a mi”.

És veure patir també la teua parella. És veure com una dinàmica familiar acaba generant dolor, tensió i distància. És sentir impotència perquè tu pots veure patrons, contradiccions i canvis de relat, però això no significa que els altres vulguen mirar-ho.


Moltes persones autistes hem crescut dubtant de nosaltres mateixes. Ens han dit que exageràvem, que érem massa sensibles, que ho enteníem malament o que havíem d’adaptar-nos més. Per això, quan una situació familiar es torna manipuladora, pot activar ferides molt antigues.


Comences a preguntar-te:

“Ho estic interpretant malament?”

“Realment ha passat així?”

“Soc jo la que està reaccionant massa?”

“Per què ningú més ho veu?”


I aquesta és una de les parts més perilloses del gaslighting: que acabes revisant la teua pròpia percepció una vegada i una altra, mentre altres persones actuen com si el problema fora la teua reacció i no el que ha provocat aquella reacció.


Però posar límits no és atacar.


Dir que alguna cosa fa mal no és crear conflicte.


I necessitar coherència no és ser difícil.


A vegades, el dolor més gran no és descobrir que una persona manipula. El dolor més gran és veure com altres persones prefereixen adaptar-se al relat d’aquesta persona abans que mirar de front el mal que està causant.


I això, per a una persona autista, pot ser devastador. Perquè nosaltres no només sentim el conflicte: moltes vegades el revisem mentalment, el reconstruïm, busquem explicacions, intentem entendre cada peça i ens esgotem intentant trobar una lògica que potser no existeix.


Per això crec que és important parlar d’aquest tema.


Perquè no totes les ferides familiars són visibles.


Perquè no tota manipulació és fàcil d’explicar.


I perquè moltes persones autistes no necessitem que ens diguen que “no pensem tant”, sinó que algú ens diga:


“Sí. Això que estàs vivint té sentit que et faça mal.”

“Sí. Pots confiar en la teua percepció.”

“Sí. Tens dret a posar límits.”


La manipulació familiar pot fer molt de mal. Però quan ets autista, a més del dolor emocional, sovint hi ha un dolor afegit: veure com la realitat es deforma davant teu mentre tu continues intentant aferrar-te als fets.


I això no és exagerar.

És intentar sobreviure en un entorn on la coherència ha deixat de ser compartida.




Hará cuestión de un año, la unidad de Salud Mental de Terres de l'Ebre me ofrecieron que formara parte de los usuarios que frecuencian el Servicio PreLaboral y acepté, ya que valoré muy positivamente los talleres, actividades y dinámicas que trabajaban.


Y después de este año tengo que decir que sí hacen prácticas laborales y talleres de habilidades sociales y otras habilidades que puede ser necesitan trabajar a las personas con discapacidad mental o sensorial... pero no adaptan cada una de las actividades a las necesidades y características particulares de cada usuario.


Parece mentira, dado que están más que acostumbrados a tratar con personas autistas, TDAH, tourette, y con todo tipo de condiciones neurobiológicas. Pero es la realidad. Sólo voy a nombrar algún ejemplo:


  • Comunicas que bajen la voz, no te oyen lo suficiente, lo vuelves a decir con voz alta y te dicen que no grites. Pero no tienen en cuenta o ponen en duda que las personas neurodivergentes tenemos considerables dificultades en controlar el volumen de voz en tiempo real.

  • Como siempre realizan las prácticas laborales en lugares al aire libre, cuando se llega el calor, noto y comunico que la hipersensibilidad del contacto del sol en la piel me produce crisis tipo meltdown, y sí, te dejan descansar en la sombra... un momentito. Pero no contemplan cambiarte el tipo de práctica laboral.

  • Y como consecuencia, exclato, llamo, a las crisis meltdown por hipersensibilidad sensorial del contacto al sol, y pretenden que no escandalice tanto a las crisis.


Teniendo en cuenta estas circunstancias o situaciones, es para pararse a pensar si es necesaria la pena o no acceder a participar en un servicio prelaboral para personas con discapacidad sensorial.

neus-logo-500.png

Espectre TEA Adults

Aviso Legal    ·    Política de Privacidad    ·    Política de Cookies

Espectre TEA Adults, 2026. Sombras Blancas Art & Design

bottom of page